20 de mayo de 2025.
Este proyecto narrativo tiene por tema el hablar de un (imaginado) conflicto entre dos facciones en la montaña de los brezos o la masía de Can Serrat: los navegantes y los terrestres. Dos mentalidades y dos maneras diferentes de ser humano y creativo, acaso con eco de los nómadas y los colonizadores, etc. (al fondo un eco inequívoco de los monjes benedictinos en su quehacer). El contraste entre las maneras diversas de entender y moverse del mapa al territorio y vuelta a empezar. Claro, la semántica adecuada y las divagaciones sobre las mil mesetas de turno, faltaría más. Pero después de ello incluso más simple: diferenciar entre los paisajes que nos “arrastran” y dificultan avanzar, varados en el sufrimiento, la contradicción o la falta de sentido. Y el aprendizaje de esos paisajes del crecimiento, dejándonos caminarlos en los momentos de liberación, crecimiento o trascendencia. Los que van confirmándonos ese hasta ahora imposible nuevo camino.
Claro que también el trasfondo de esta profunda ansiedad que vengamos experimentando con la certidumbre de las amenazas crecientes del Antropoceno cada vez más cumplidas en carne propia. Y que puede llegar a formas del activismo ecologista, exentas del perdón y del olvido, a las alternativas en ciertas formas de la deriva situacionista o a la perfecta “velocidad de fuga” lotófaga en que la mayoría venimos perdiéndonos. La mayoría del tiempo.
Estas son también opciones de los personajes sobre los que escribo, cuando se dignan prestarme sus voces y aparejos.
Para la parte visual y gráfica del proyecto cuento con mi amigo el pintor noruego Espen Harstad. En lo que aspira a ser un diálogo entre la narrativa que iré desarrollando y las pinturas y otras creaciones visuales suyas, el deseado producto final sería un “libro de arte” o álbum gráfico donde lleguemos a combinar las dos expresiones.
Declaración del autor (es)
Lo que sigue son las ideas que surgen luego de que uno se dé cuerda. Aunque está claro que proceden en parte del nuevo continente: el de la desesperación y el abandono tras veinte años emparejado. Y de todo eso y también lo otro, de la renovada experiencia del naufragio amoroso y vital, como del expansivo continente de la vejez. Y del tantísimo restante que nunca dejará de querernos bien en la miseria o en la infinita tristeza. Pero la creatividad no se vende, ni se apaga. Ni se negocia. Y eso es lo que intento hacer. También esto describe muy fidedignamente lo que fuese esto que ilusamente llamo mi proyecto
En realidad, no se habla del conflicto entre mentalidades artísticas ni sus prácticas, sino de lo más arraigado antropológico que llevamos en nuestro DNA.
En el contexto de mi propia narrativa y la novela que uno viene escribiendo, de “perros andaluces que no hablan noruego”. Donde sería un desarrollo de la “Tercera Historia” (o de Avnø, Dinamarca), pero adaptándola al entorno de Montserrat y la masía de Can Serrat.
El elenco de fabulados artistas y secuaces vino a encontrarse varias veces: primero estaban en la Dinamarca de Avnø del año 24, parque natural y reserva ornitológica, luego en la Oslo de los Jardines de Tøyen, cuando la Trienal de Escultura del 2022. Que luego acaso se transmutó en la exposición de “Between Rivers”, del museo A.F. de Oslo, hace cuatro meses. Y que ahora hasta llega a vestirse de colores montañeses pero mediterráneos, en este actual imaginado conflicto de los artistas residentes en Can Serrat. Un diálogo incruento, pero ciertamente enconado, entre dos visiones casi siempre irreconciliables. El ocurrido y ocurrente ahora entre los navegantes y los residentes locales del caserío, por ejemplo, quienes se perciban antes como colonizadores y agricultores. Puesto que su práctica atiende más al enraizamiento y las arboladuras, la infinita paciencia y el despliegue orgulloso del verdor siempre vulnerable. Como en aquella vieja división antropológica entre los cazadores/recolectores y los agrícolas y sedentarios.
Una parte de los artistas allí en Can Serrat piensan que están en un barco, y en medio de una larga navegación. Intentan convencer a los otros de que realmente se hallan en la cubierta de un navío, avanzando por el mar. Ven distintas cosas en aquellos rodeándoles durante la singladura. Y de vez en cuando hay paradas dentro de lo que sea esta navegación sin final, sin por ello perderse aquella definición existencial.
Los otros obviamente están en desacuerdo, y les acusan de estar locos.
– ¿Es que no estáis viendo la montaña de Montserrat? ¿Ni veis a las personas viviendo con vosotros en medio de esta masía, a los lugareños y a los visitantes?
Todo pareciera tan extático, pero igualmente no dejan de crecer continuamente las raíces. Aunque crezcan hacia adentro y hacia arriba. Y sí, claro que los sedentarios siguen desarrollándose, aunque a menudo imperceptibles. A los impacientes a quienes les parecen muertos o detenidos, decirles que ellos van cambiando con los días y las estaciones. Porque otra es su dinámica.
Mientras que difícilmente vamos sabiendo si este paisaje donde nos dibujamos será de nuevo. Es importante aquí, sin embargo, el ponerse a investigar la conciencia compartida por todos ellos, del otro lado de cualquier divisoria. Pudiera ser que un simple desfase temporal sea realmente lo único, al menos lo más importante que les separe. Que se yo.
Viven una realidad en veloz cambio estos artistas, dedicados a una diversidad de disciplinas, poéticas o escriturales, puede que musicales o auditivas. Visuales, pueden ser de artes plásticas, hilados, textiles… ¿qué sé yo? Lo meridiano es la suerte de enfrentamiento que vaya perfilándose a manera de tramazón entre ellos. Si no le ponen remedio.
De cualquier manera, esta viene a ser la metáfora situacional, el esbozo de un proyecto con mucho por desarrollar y escribir, aunque no pueda por ahora explicarse con la necesaria elocuencia. Me veo obligado a entrecortarlo aquí y ahora. Aunque puede que el único entrecortado sea el autor.
Addenda/CV:
Nacido en la ciudad de Sevilla en 1961. Estudié y trabajé en Sevilla y Málaga, incluso en Barcelona, hasta los 30 años. Viví dos años en Inglaterra, en el 1992, trabajando en restaurantes y luego de traductor. Emigrado a Noruega en 1994, donde vivo desde entonces. Tengo el Máster en estudios literarios, lenguas y literatura española y latinoamericana, Universidad de Oslo (2008), y una Licenciatura en Estudios Culturales y Sociales (2004). Profesionalmente he trabajado de limpiador y asistente sociosanitario, pero sobre todo de profesor de español en institutos y escuelas, desde 2007 hasta la fecha. En lo creativo, no he publicado nada, aunque tengo una novela corta registrada (“Una bergensiada feroz. Con saña los persiguieron”, 2017), aparte de una diversidad de relatos, novelas cortas y poemas. En los últimos dos años vengo trabajando en la novela de la cual entresaqué el fragmento enviado. Y en la que se sustenta el actual proyecto. Tengo tres hijos y de estado civil separado.
Aquí se adjunta la grabación.
Audio file
Aquí una muestra de mis proyectos de escritura.
Un fragmento de la novela actualmente en curso, 2025, cuyo título provisional es “Los perros andaluces no hablan noruego”.
“…3.
Aunque no siempre sea ese el escenario. Ahora son de nuevo los campos estos de Orgiva, en La Alpujarra granadina, claro, llegando a juntarse 70 nacionalidades entre los 6000 habitantes de la localidad, los numerosos miembros de la comunidad sufí local, por no hablar de la miríada de procedencias de los integrantes de la comuna hippy local. ¿Cuál podía ser el vertiginoso atractivo de aquel enclave atrayendo como limaduras hasta sus anillos tantos destinos diseminados? Pero no podía preguntarse estas cosas, ocupado en otra clase de anillos, los que iba descubriendo en los árboles talados durante sus caminatas por el bosque, arriba y abajo bordeando los barrancos, fresnos y abedules de los que calculaba la edad a veces, cuando no se dejaba simplemente extraviar en aquellos anillados que le recordaban como la serpiente deglute su hechizada presa.
Adentrándose hasta casi llegar a las faldas de Sierra Nevada, caminatas interminables donde se las arreglaba para no extraviarse en tanto zigzagueo por las sierras sin que dejase de recordar obsesionado la mezcolanza de jugos venenosos y letales presiones donde el reptil ondulase su corte. Y entonces su travesía se volvía el dibujo de un pasillo palpitante ante el ojo incapaz de discernirlo, la negación mórbida del aire libre gracias al simple defecto óptico, pero antes moral que lo hechizara. Y vuelve a verla y a verse apoyando ambos las manos en los espinos y atravesando las turbulencias de una infidelidad que ya nunca dejará de perseguirlos. Se empieza a reconocer, sin apenas haber superado los 20 años, como aparcado al borde de la edad pretérita que sabe lo alcanzará, viendo como el momento donde tan amorosa y espasmódicamente nos entrechocamos se ha vuelto otra cosa. Las caminatas interminables con la hembra de pastor alemán que me prestasen en el pueblo antes de volvernos inseparables, sin entregarse a mi caricia ni tampoco rebelarse, hasta que la siento con el pelaje erizado mientras sueña que mis manos van recorriéndole insidiosamente el cuello, esta perra encelada que lamerá su yugo tal como voy recordándote sin poder evitarlo. Las falanges de mis dedos van midiendo las persistencias y huecos del cráneo de este animal que sangra en secreto, y entiendo que no durará mucho tu fuga y los tantos pájaros muertos te devolverán a mí.
Pero no tengo ninguna prisa, recuerdo haberte curado ya demasiadas hemorragias, la perra entrecierra inevitablemente los párpados, sumida.
Así van pasando los días de Nikias en la montaña o en la baja sierra entre caminatas que a menudo le devuelven a la concentricidad de los propios anillos donde los árboles talados no sean más que el ojo de la serpiente que lo engulla. Las pocas veces que habla con la gente de la casona donde para, en la tienda donde baja por comestibles o con algún lugareño que naturalmente quiera darle al hilo, solamente ve reflejos verbales de lo que el mismo va discurriendo, sus propias opiniones en la boca de sus interlocutores, como si ella tampoco hubiera existido nunca más que gracias a sus palabras, cual sus vecinos ahora en este enclave granadino.
Ya no quiere o puede que no sepa, cada vez menos, escuchar lo que le cuenten el sol o el viento, porque todo lo que cuenta ahora son las páginas volviéndose en blanco al escribirlas, seguir el silbido de la espita de gas venenoso desde alguna de sus propias cavidades.
Este negar cualquier posible oxigeno de afuera que no deja de ocultarle hasta el menor detalle al que se enfrente su vista en medio de los campos. Tan magullado por las serpientes que no paran de recorrerle el cuenco craneal.”
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