<img />
Estación de trenes de Archidona,finales de septiembre del 83.
Fernando y Julián aguardan el transporte que les lleve a Málaga, hasta la promesa incierta de Yedra
Tu, Julián Barcojo, mi hermano, sentado a mi vera en este banco, repasas una y otra vez las frases recién escritas que no has ocultado, como tantas otras veces, a mi vista. Pero otra cosa ocultas, esta hemorragia que no cede ante los sustantivos que quisieran nombrarla, que escupe sobre los adverbios que se le acercan, que ríe delante de cada uno de los tiempos del verbo en que uno quisiera verla presa, que no te deja, y que va segregando una vasta pus adonde ya no sabes siquiera como alcanzarla…
-Perderemos el tren de la una y medida para Málaga si no levantas, y adiós a Yedra y a su fulano entonces, vámonos.
-No te agobies. Escucha como suena ahora, Fernando: “Madre, tu hijo agoniza esquina tras esquina como si fuera la suma de todos los deterioros habidos y por haber, y tú duermes tu sueño de olvido, madre, me estoy muriendo mientras roncas y yazco sin poder expirar, obstinado en no perderme ni en tu recuerdo ni en tu consuelo ni en tu odio, madre que ni siquiera sabes cómo ayudarme a morir.”
– Julián, de una puñetera vez.
-“…Y apenas se sabe como acallar el susurro imperativo con que la columna vertebral va levantado ecos de las pasadas vigilias. De malas posturas en peores lugares. La espalda resquebrajada como en monedas doloridas siempre pagando por todo aquello en que nos arriesgamos, que queremos y que perdemos. Que destino de billetes arrugados.”
-Desde luego que lo perdimos, despídete de Málaga y de la parejita, sí.
Las columnas y los alquitrabes, las arcadas del Mercado del Arenal en Sevilla, en pleno Mundial del 82. Fernado aguardaba una venida imposible mientras anochece. Sabíendo que al final tendría que confesárlo. Afuera anochece. Adentro no me atrevo a mirar. Por el estruendo de televisores emitiendo el partido desde nosecuantos pisos y bares adyacentes, escuché que Rusia terminó derrotada ante Brasil tras ir ganando durante 5/6 tramos del partido. Imaginé a Dassaev escudriñando el estadio como quien interroga las mareas podridas del naufragio, es tanto el desconsuelo.
Ocurrió en un estadio Sánchez Pizjuán enemigo… Ante los micrófonos Dassaev pudo balbucear, o eran las revueltas de mi cerebro, que “Fuimos derrotados en el cuarto de hora final. Yo, el agrimensor intratable de los diecisiete metros y medio por cuarenta del área de castigo, viéndome humillado por lo imposible, nadie puede combinar la pelota, amagarme y luego sentenciarnos de esta manera, lo que acaban de hacernos sobre el campo debió ser siempre de otra manera, aunque haya sido, yo que … Estúpida manía circular , y lo sabes. Sé que no cometí errores, que no existió balón sobre esta zona que no fuera mío, intención que no adivinara o posibilidad de gol que no haya detectado… Cómo entonces…“ Vueltas, vueltas, vueltas…
Si es que así lo he de contar , Fernando iba agotando todos los gestos de la espera en este tiempo, sabiéndola lejana, cierta e irreparable, ella, la desgracia, fantasmas silueteados contra el muro. Vine demorándome desde el Archivo de Indias, temiendo la cita mientras una serie de calles desdentadas y entrando ocasionalmente a beber una cerveza ojalá hielo en alguna barra por las cercanías del Mercado. Los ventiladores proclamando su inutilidad desgastándose por el calor. Imágenes en la pantalla poblando la estancia, sentenciando como jueces lo que quiera que fuera pasando en el bar. Brasil va perdiendo con Rusia para los mundiales.
Baste con decirlo: una y otra vez cuelgan balones sobre el área pero alguien bajo los palos no permite resquicio a la incertidumbre. Todo para él. Brota del receptor algún comentario cauteloso, admirativo, luego prodigado a este lado de la pantalla. La agresividad del tipo elástico, de musculatura contenida y evidente, de ademanes exactos, las calzonas demasiado largas, el gesto demasiado serio. Como un haz fatídico bajo los travesaños, de donde venga la comparación , no hay otro dueño en los metros finales…
¿Vendrá ella esta vez? Ese tipo bajo los palos era como.
La telaraña ha cedido, inútil pressing, les bastan un par de jugadas exactamente vertiginosas. La táctica revela su estruendosa inutilidad ante los caprichos del juego, Sócrates violando el travesaño en el principio del fin, Eder burlando el empate, la pelota prestidigitada, ironía de los objetos imposibles improbables incluso, mas allá de nosotros pese a nosotros, azar que no perdona raciocinios, dos puñetazos en la mesa y terminó la discusión. ¿Y para esto la hora y media de agonía? No pido piedad ante los estragos, sólo que las gradas enmudecieran de repente y sin fecha, pero yo he empezado a morir, lo intuyo, enmedio de este circo romano indefectible, yo que no lo se.
Fernando escapa hacia su cuna de angustia sin dobleces ni llantos, adonde todo es exilio, escupe las cáscaras de las recién compradas pipas pretendiendo blancos en las losetas, siempre forzar la vieja ley de las probabilidades. Resoplan los autobuses. Espartinas, El Viso, La Algaba, doblando tras la esquina de su vista inerte, atenta con un excluyente objetivo. El capitel simulado de una columna sostiene su peso, las pupilas que trazan la horizontal de su rostro hacia la desgana, tampoco viene en este. Esta mujer no llega a enfermedad, se trata nada mas que del manido placer del desahucio. Ese salivazo sí dio en su blanco. Ya han pasado dos de Gines, inútiles. Ella no vendrá, sea cual sea la hora que esté dejando de ser. Una llama sorda extendiéndose por mi espalda y mis nalgas hacia cualquier agujero negro no exactamente de mi memoria, la cara me escuece, la inconfortabilidad de Murphy, jodida postura. Ese Dassaev hierático.
“-Por ahora, nuestra única preocupación es participar en este campeonato del mundo. Se trata de una gran fiesta del fútbol y nuestro único deseo es jugar lo mejor posible.”, gracias Beskov que nos diriges, la paz sea contigo y tu conciencia, se te vaya a caer un sarcasmo…
Ahí afuera nos están pidiendo los restos, esa multitud que es la cifra y el espejo multiplicador de tanto canibalismo cotidiano, ya sabes que me han puesto “El hueso”. “Pero es sólo la fiesta”, no van a dejar de nosotros ni el suspiro, en realidad no es Brasil quien ha marcado, trata de adivinar quién es el Judas Iscariote que me haya vendido y ahora que la paz sea con él, los nervios me crucifican, pienso en rojas hormigas despedazando el tótem…
Fernando descifra ese vello cochambroso e irregular que ya no es él sin tampoco dejar de acompañarlo, distraído en el juego caprichoso a que sus dedos someten la irreal barba, ja. Esta niña que espero y es como el discurrir de un mar de antenas contra mis facciones, el asalto interminable de figuras muertas que únicamente mi imaginación anima, sí, todo harapos. La crepitación del vello sobre la piel, la lentitud infinita del atardecer contra el mercado, contra mi espera, tan hermosamente ¿quién robará un día este adjetivo? , fundidaiendose.
Imagina que esos dos goles, y ahora se dé cuenta, acaben de mostrarle la vuelta de la trama, la corrosión del cronómetro y de los marcadores sin piedad posible. Tendrá que olvidar los tantos o resignarse a. Y el ulular del público, esa película sin sonido donde las muecas de los protagonistas me dejen irte hacia algún lugar inarticulable, gélido, irreal a fuer de cercano. Instante helado en que uno comprende lo que hay al otro lado del tenedor.
Estar ahora detrás del miedo.
Pero la adjetivación de Dassaev no es gratuita. Resulta vertiginoso ver como todos los delanteros acaban en castración los tres palos que Dassaev conjura. Estar frente al miedo, sin el miedo, desde el miedo, hasta luego.
No han vuelto a perder ni un sólo partido. No hay nada mas allá del dibujo del balón, se critica la inhumanidad que aparento, esos gestos que delimitan mi largo hueso, quizá yo.
-No, que va, no tengo fuego…
Dicho con lástima fingida, al fin alguien, estoy echando de menos el cigarrillo que un viejo acaba de esgrimir frente a mis ojos, las cenizas contra el suelo, el crujir sordo del tacón del zapato contra la colilla condenada, luego esparcirlo todo deleitándome en la disgregación final. Hubiera o hubiese sido.
Pero el hueso soporta un proceso de calcinación interno que lo va liquidando sin prisas ni respiros. La capacidad del ritual de sus gestos es como el penúltimo reborde, los flancos de una grieta que la agresividad de la piel exacta musculada elástica apenas descubre. El postrer disfraz de la aniquilación.
No me quede más antes de que ella no venga.
Apenas aparecen en la final, se ve raptado de sí mismo por la concentración de micrófonos y de cámaras sobre su persona, perdida de cualquier manera de la objetivación, todo lo va percibiendo como enmedio de una bruma, la neblina que aquella histeria masiva brinda sobre sus pasos, yo no soy ningún tótem y apenas el mío propio, cómo el de nadie, dejadme ir bajo mis palos, pisar el territorio fatal donde sé de mi por culpa de mi infranqueabilidad, dejadme jugar, dejadme intacto dentro de mi círculo de acciones en el área… Pero no, aguardad, venid aquí, quien me devolverá mañana las muecas de mi eterno reino momentáneo, que turbamulta imposible, estoy enterrado vivo bajo las gradas, untado de la savia del cactus, y ya suena el silbato, inicia gestos de relajamiento, buen provecho marabunta, que Dassaev te sea leve…
Imaginar a Dassaev columna hierática clavándoseme entre la espalda y las nalgas, zona abierta a la especulación, escudriñado el estadio como quien interroga las mareas podridas del naufragio, es tanto el desconsuelo. Tanto tiempo aguardando qué.
Devorado por esta sensación de peregrinaje emocional repetido hasta, recordar Conil yéndose desde el exacto lugar donde el dolor le corrompe hacia otro lugar, algún otro lugar a la deriva. Un madero batido por oleajes en pleamar nocturna, contra la orilla, contra altamar, justo en nuncamar.
Tal vez sea todo un ejercicio de narcisismo sin excusas, una suerte de Ars Masturbandi. Ella no vendrá, no importa ni importa que se mienta, deseándola allí bajo las columnatas diseminadas frente a paredes desnudas hasta de analogías, emperrándose en el recuerdo de su piel aún ignota. Dos autobuses consecutivos desde Gines, perdiéndose en la curva. No se levanta.
El balón vino, como siempre, por donde menos se lo espera. Se le mira en ausencia de uno, al otro lado de la portería. Esta vez si pasó. No levantarme. Pero el tiempo apremia, el resto del equipo le mira atónito, sí, fue gol, pero qué coño hace aún en el suelo, mi reino por una respuesta. Ellos no saben de la corriente nerviosa que un exceso de adrenalina empuja contra los ramajes del cerebro, de la mordedura bajo los pulmones, de la densidad de miembros hechos cáscaras, y tampoco yo lo sé, claro que me levanto, qué clase de guión es éste, saberme debatiendo en una encrucijada que llega a mis postrimerías. Acaso ellos y yo sepamos…
Las siento indetenidas por las arrugas, bajo los pómulos, encharcándome el paladar, cercando los ojos, conjurando con el vértigo a cerrarlos, tantas horas, no va a venir, no puedo cerrarlos, no puedo irme, no puedo siquiera reconocer esto sin tentarme al estrago… Jeroglíficos de la espera.
La conspiración extendida: Brasil dando la vuelta al partido, quién está gritándole a los defensas que no dejen la zona izquierda vacía tan a menudo, quién transpira bajo los guantes, adelanto del infierno, a quién dirijo estos pensamientos acelerándose mientras chocan los cuerpos frente al área y yo vuelo en pos de otro trallazo, qué tipo de pacto de no agresión hay entre los huesos y el césped, qué sé yo.
Recordarme en Conil, buscándola infructuosamente. Interrogando rostros inanes, fatigando las suelas de los pies entre la playa en ebullición, condenado agosto, inútil explorador de una cartografía terriblemente solitaria, para encontrarla en la plaza mayor del pueblo , justo antes de abandonar aquello , y saber, por un momento infinito, que ella no existe y es el camino y nada mas, pero que tampoco yo, y que no nos queda. tiempo para investigar esa intersección , porque soy estúpido y he de irme en este preciso autocar, y ahora lamentarme por ello, y he preferido la cobardía de imaginarla a la de quererla. No volver sobre ese temido negocio que no fue mutuo, quizá por ella.
La humedad enorme del óxido calándome todas las vértebras, no quiero ni decirlo. El contacto gélido, leve sobre el hombro. Fernando sentado en los rebordes , gira el rostro con una parsimonia mal calculada, ella está ahora aquí, quién dijo nada de disculpas.
Ellos que acabaron llevándose la copa. Helada bajo tantas capas de sudor como hicieron falta para ascender estas gradas. El despilfarro, la hemorragia de tantos sonidos. Al subir a su encuentro, descenso hacia el palco real, un hilillo nunca se sabrá si vomitado ni la causa teñido de rojo. Hipótesis hagan juego. Sin incidencias. Sonríe sin rastros demasiado evidentes de ironía al contacto con el premio. No pormenorizaré las acciones de múltiples espectadores ni los comentarios que sugiere esa subida. La abandona a sus compañeros.
Date por crucificado. Fernando la mira como desde el siglo, desde los acantilados de alguna memoria, como se miraría a una puerta cayéndose a pedazos. Carcoma y hormigas, recorridos sanguinolentos, levemente siniestros.
Se marcha a los vestuarios prematuramente. Aún afuera el griterío. Dentro la frente reclinada en los azulejos, cerrar los ojos al final, acabar aquí, tan larga partida.
Recordarme en Conil en otra época, la huella de otra mujer, subiendo al pueblo en la madrugada, entre tinieblas los bordes de la playa, larga noche de insomnio y de frío en una cabaña de pescadores , descubriendo a las primeras desveladuras del amanecer, temblando por todos los vientos de fuera y de dentro, algún atisbo de futuro, la promesa cínica de otra historia, para no acabar. Una copa de coñac al alba.
Contacto gélido de la frente contra las paredes, de la columna del mercado contra su columna vertebral, sorda agonía, de las curvadas franjas salientes del oxidado suelo del camión de la otra noche contra la espalda. Quisiera saber qué es esto que justo ahora empieza a humedecerme con mil tropismos sordos en el hombro, quién, quién ha llegado hasta aquí.
No vas a decírmelo.
-Tendremos que bajar al pueblo a buscarnos otro sitio para el resto de la noche, Fernando, este camión encallado nos va a helar.
Fernando gira el rostro con parsimonia mal calculada, ella está ahora aquí. ¿Y ahora qué? Descenderemos a una Archidona aún no amanecida justo en diagonal sobre el plano de la madrugada. Tomaremos un café caliente con churros o una copa de coñac cuando abran. Jodida noche.
Estación de trenes de Málaga. Fernando Barcojo y su hermano han perdido el tren para Archidona. Ya no encontrarán a Julián ni a Yedra. Tomar el próximo tren para no acabar. Como aquella vez, para no acabar.
–.
Leave a comment