No voy a decirte que siempre ocurra, porque sería alimentar las falsedades que nos aburren desde hace décadas.

En su lugar, alabemos la torturada honestidad (de los ojos de Giordano consumiéndose en la hoguera). La que procuramos vanamente que nos configure, la perseguida tras tus interminables jornadas de taller frente a ventanales industriales… que a veces te dejan arrancarles enigmáticos cielos de pronto desprotegidos. Para mostrárnoslos en tus oleos.

No voy a decirte que siempre ocurra, pero si algunas veces.

Niobe, Gretchen y la Gioconda punkera y las demas acechantes siluetas apenas si te dejan arrastrarlas desde las penumbras de donde las conjuras. Se niegan a salir de su reinado de tinieblas.

Aunque a veces sí. Y las enredas en un vertiginoso palimsesto de ademanes y paisajes serpenteantes entre las paredes y rincones de aquella Casa 27 de la que alguien nos abrió la puerta permitiéndonos asomarnos. Breve, a veces truculentamente.

Del otro lado del diluvio de imágenes mediático y cotidiano, el que nos vendan y el que cada vez más nos venimos vendiendo a nosotros mismos. Alli se perfila una silueta bajo la lluvia. Lo vemos encorvado de siglos y de cargas, pero traviesamente disfrutando con las trampas de su inabarcable memoria. Cual paciente medieval artesano  o puntilloso escriba de códices que los bárbaros no perdonarán.  Pero con la astucia de la estirpe de rinconetes y cortadillos de la que algunos descienden, va dejándose poco a poco, sin que casi lo notemos, los pinceles y la vista en los tantos años de su jurado amor eterno a los interminables, restos, del naufragio.

Este desfile oleaginoso es el que va desmembrando a dentelladas pictóricas que luego ofrece enmarcadas, seductoramente. Pero siempre con la honestidad de los mismos personajes presentados a quienes ventrilocua, que se niegan a ser insistentes como vacuos.

Llevan siglos arrastrando sus paisajes como Sisifos aquellas rocas, y saben que jamás serán perdonados. Se atreven a interpelarnos con mesura las más veces, truculencia las otras. Pero es que siempre la esterilidad los persigue en sus trasfondos oceánicamente desiertos, en las habitaciones de paso donde quedaron eternamente anclados. Lo que nos susurran hace ya tiempo nos lo vienen repitiendo… “Despierte el alma dormida y recuerde como a nuestro parecer cualquier tiempo pasado…” Para súbitos interrumpirse y guiñarnos, sarcasticos como desafiantes, seductores como indiferentes, de nuevo sabiéndose arrastrados por el rio del tiempo que a todos nos lleva.

Pero es cierto que a veces ocurre.

Y sabes cómo ofrecernos la ribera propicia donde verlo discurrir, querido artesano y amigo, Espen H (colega de diluvios  y de hechiceras, maestro de cierto relámpago).